Notas

El primer día de tu futuro

01/10/2020

“Necesito reinventarme. Quiero que cada día de mi vida sea apasionante, creativo, fascinante – ¿Qué voy a hacer para que eso pase?” alguien dijo, como frase citable. Pero les pasa a muchos.

Me siento tentado a escribir sobre los nuevos hábitos y oportunidades que nos trajo esta cuarentena, tomando mucho de lo que se lee y escucha todo el tiempo….pero no. Quiero ir a algo menos ‘coyuntural’ y más ‘a fondo’ en nuestros rumbos de vida. Al menos esta época tan extraña como novedosa brinda cierto espacio para ir “un poco más allá”.

Carrera inicial 

Hay un punto de nuestra vida profesional (a mediados de los 30 años? a los 40?) en que nos podemos sentir completamente estancados. Esto puede ocurrir por muchos factores, pero no podemos perder de vista que esta vida profesional se origina en una decisión que debimos tomar…a los 18 (dieciocho!) años. Alegremente (y cuando nuestras urgencias eran otras!) nos vimos de frente a una decisión vitalicia – la que total o parcialmente decidiría nuestro rumbo laboral en el larguísimo plazo. Imaginémoslo por un momento: terminábamos el secundario y en ‘algún momento’ de ‘todos aquellos años’ nos cruzamos con algún proceso de ‘orientación vocacional’ que, sumado a las ya cíclicas recomendaciones de padres, amigos y referentes, sumó sus propias contribuciones a ese caótico dilema de “tener que elegir una carrera”.

Y elegimos.

Y arrancamos.

Y con todos los vientos a favor y en contra que suelen soplar en esa reluciente adultez, en un puñado de años eventualmente ‘cristalizamos’ de forma perpetua esas credenciales profesionales que habíamos decidido obtener (a nuestros 18 años).

(Es muy cierto que este camino lineal no es el que TODOS transitan. Es también verdad que hay muchos que se toman un tiempo para tomar esa decisión vocacional, y que arrancan más tarde. Hay otros que empiezan y abandonan varias veces antes de encontrar el camino definitivo. Finalmente, están quienes no eligen seguir un estudio o una vocación universitaria sino, por ejemplo, seguir el negocio familiar. Hay miles de otras historias. Pero mantengamos el caso base por un momento…)

Con un flamante título profesional en mano –finalmente-, empiezan a cambiar muchas cosas. Muchas, y muy profundas. Están aquellos, por ejemplo, que están muy seguros (monolíticamente seguros) de que por el resto de sus vidas ejercerán esa actividad profesional en la que acaban de diplomarse. A full y a todo vapor.

Pero también están los que llegaron hasta ahí, pero tienen dudas de verse por muchos años ejerciendo en ese campo (al fin y al cabo tienen otros intereses tan –o más- poderosos que estos, refugiados en hobbies u otras formas de invertir sus momentos) y tienen preguntas.

Y al fin, se abre un espacio enorme de quienes están en alguna situación intermedia entre estas dos.

En cualquiera de todos estos casos, decíamos, cambian muchas cosas. Ya nos miran, nos tratan, y bromean con nuestra recién estrenada condición profesional (“Qué dice, Licenciado!”, “Hola Doctora!”), algo que nos pone (y lentamente comenzamos a asumir) desde otro lugar diferente del que teníamos unos pocos años antes. Hay que ponerse el traje de la profesión. Eso nos abre caminos, y a la vez nos pone ‘bordes’ (porque no podemos hacer ‘cualquier cosa’ en ‘cualquier momento’ – y menos hoy, donde la imagen pública llega más lejos que nunca). Ahora tenemos por delante una responsabilidad adicional, la del colectivo profesional de la que ahora somos parte.

Vaya transformación.

Y así, finalmente, comenzamos nuestra travesía profesional. Trastabillamos unas cuantas veces (pasantías, empleos precarios) hasta que finalmente la trayectoria empieza a tomar vuelo, entre colegas … nuevos contactos … un primer auto … el casamiento … desvinculaciones y nuevas búsquedas … primera vivienda propia … la maternidad … tercer empleo… en fin, la Vida en su despliegue más genuino.

En este camino, entonces, ese ejercicio profesional (derivado de una decisión tomada a los 18 años y ‘un montón de vida’ antes) se convierte en nuestro mecenas, nuestro financista, es lo que hacemos para ganarnos la vida, el combustible para ir llevando todo el resto de nuestro universo personal hacia adelante. Y a lo largo de los años en algunas personas coinciden en forma envidiable ese ejercicio profesional elegido de muy joven, con sus cambios personales experimentados a través de los años, y (bingo) con “hacer algo que gratifique”. Clarísima. Todos los planetas alineados, para qué mover una sola pieza.

Pero en otras personas, no tanto.

Y en otras, sencillamente, no.

Al fin y al cabo hemos estado ‘navegando el barco de la propia vida’ con un instrumental que tuvimos que elegir prácticamente bajo las secuelas de nuestro viaje de egresados. En algún punto del camino hay que darse cuenta de que no le estamos haciendo justicia a un presente personal que necesita (exige) ser reformulado. O, «reseteado», para aggiornar el concepto

Segunda Carrera

No es fácil, desde ya. No es posible dejar “todo” de lado en nuestras obligaciones adultas (colegios, impuestos, seguros) para hallarse en una claridad tibetana y reinventarse. Nos guste o no estamos ahora en el “segundo nivel” de este videojuego de la vida, y nos debemos un permiso para renovarnos, pero (como si esto fuera poco) sin generar grandes turbulencias en los que nos rodean, o en nuestras obligaciones. No es ya tan fácil como hacerse un buen viaje, iluminarse y empezar desde cero. Ahora hay toda una estantería previa que hay que preservar. En este punto, y ante este dilema, mucha gente elige la inercia: “¿para qué plantearse un cambio, si con piloto automático vamos bien?”. O “No es el momento, con chicos en primaria – más adelante veré”. Cada paso del camino es una elección válida (seguir igual, o cambiar) cada una con sus consecuencias.

Hasta que el momento llega: puede ser al término de una relación laboral de muchos años. O puede ser al estar transitando una separación o un duelo. O incluso producto de la misma frustración de estar haciendo algo que no gratifica. Pero en algún momento comienza la necesidad de “ponerse al día con uno mismo”. Tal vez nos vayamos dando cuenta de que lo que hicimos toda la vida “perdió algo de su encanto” y que hoy “nos brillan los ojos” cuando estamos haciendo algo distinto, que no nos cuesta tanto porque nos gusta hacerlo. Y que nadie la eligió por nosotros, sino que nace desde adentro.

Es, en realidad, un proceso personal bastante diferente del que nos llevó a nuestra primer Carrera.

Aquel apuntaba a “ganarse un lugar en el mundo profesional”. Y muchas voces y personas influyeron en el camino de la decisión. El afuera, los demás, tuvieron un gran peso. Uno no estaba maduro. Este es distinto: nace de adentro. Nadie influye; se gesta como consecuencia de años de una vida interior que quiere sincerarse, y donde lo que era prioridad en el final de la adolescencia ya no lo es. Se trata de darse ahora la máxima autoridad en estos aspectos tan personales. Al menos en la etapa inicial de la búsqueda e indagación.

¿Por qué no, entonces, comenzar a ‘diseñarse’ una Carrera 2, una trayectoria nueva? ¿Por qué no plantearse “¿Qué carrera elegiría hoy yo si estuviese en aquel punto en el que estuve cuando tenía 18 años? (y empezar a gestarla en paralelo). No es necesario “largar todo”. Todo lo contrario. Lo ideal es mantener funcionando todo como está (la “Carrera 1”, pagar la tarjeta, los colegios, los seguros, los impuestos) mientras comenzamos a preparar el campo para esa segunda gran etapa: estudios necesarios, ir generando contactos, estudiando el campo de acción, olfatear las oportunidades. Tomar como un proyecto personal (o mejor, como un “hobby” metódico) el interiorizarme en esa nueva veta que mejor responde a lo que soy hoy, e ir dándole forma como una escultura (la escultura de la “nueva vida” que voy eligiendo, nada menos). Porque esa nueva vida no va a aparecer como por arte de magia, ni como un espontáneo ‘eureka’ –mal que nos pese-. Hay que irla pensando. Hay que darle espacios y tiempos para ir enhebrándola. Y a la vez, el hecho de irle dando forma será algo placentero en sí mismo, nos va a sacar de ese estancamiento inercial, porque nos va a ir acercando a lo que queremos y nos gusta hacer. Nada menos.

Eventualmente –y si todo sale bien, aunque no sea en el primer intento- esa Carrera 2, esa nueva ocupación producto de capacitación específica, contactos hechos, un plan diseñado, y primeros pasos dados, podrá llegar a tomar el lugar de esa Carrera 1. También es cierto, en este punto, que debemos ser realistas: si esa Carrera 2 es radicalmente diferente de la anterior (por ejemplo, un médico que quiere ahora dedicarse a diseñar jardines zen) el viraje insumirá un esfuerzo mayor, sin dudas. Aunque no es imposible. Pero mejor aún si se pueden capitalizar elementos (habilidades, contactos, capital) de la carrera de toda la vida, porque ya se arranca con alguna ventaja.

Pero nuevamente: la hoja está en blanco, delante nuestro. Y nos mira fijo.

En el origen de este proceso de Carrera 2 hay un ‘darse cuenta de querer cambiar algo’. La gente lo expresa de distintas maneras: “quisiera hacer algo que me gratifique más”. “Algo que me dé ganas empezar el día”. “Podría ganar menos, pero haciendo algo para ayudar a los demás”. En el fondo, hay un factor común: dejar de hacer algo por la inercia de muchos años, y comenzar a hacer algo que responda mejor a lo que uno es, hoy. Se trata de reconquistar el propio camino profesional y personal para que vuelva a ser aliado de la propia realización.

A grandes trazos, podemos dividir a este proceso en dos etapas: la búsqueda e indagación de lo que se quiere hacer, y luego el armado e implementación del plan (estudios necesarios, redes de contacto, captación de oportunidades, alianza, disponibilidad de la dedicación, salto al mercado). Después de un proceso tan personal como lo es el de búsqueda, tal vez sea cierto que volvamos a apoyarnos en los demás para la ejecución: en averiguaciones, en contactos, en sugerencias. De hecho, vamos a necesitar a nuestra red, sin dudas.

Si logramos completar ese plan, tal vez lleguemos a dar EL salto cuando podamos percibir que es el momento adecuado. Y de esta manera, también haber reacomodado nuestra actividad profesional (que ocupa un enorme porcentaje de nuestras horas de vida, pero también de nuestra energía vital) a lo que realmente queremos hacer. Es animarse, sí. Pero, sobre todo, es tomar la determinación de hacerlo y ser disciplinados en implementarlo. En algún momento, se va a concretar.

Es el principio de la necesaria reinvención de uno mismo. O de renovar la vida, para volver a disfrutarla a pleno. Nada más ni nada menos.

Como dijera Bernard Shaw: “No se trata solo de descubrirte a ti mismo. Se trata de volver a crearte”. Nunca mejor sintetizado.

01/10/2020Por Alejandro Gardella

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